El cuerpo seguía mis pies que conocían el camino,
el yo inmaterial estaba inmiscuido en los recuerdos que le provocaban el lugar.
La vista, mía, se detenía en los lugares comunes buscando algo que evocar.
La mano derecha, suya, tocó mi hombro izquierdo,
di media vuelta y paré en seco. Su sonrisa de dulzura amarga se incrustó en mi cara,
no me lo esperaba.
—Hola —Dijo la voz, la de ella.
Desde el cerebro la respuesta partió hacia la
boca, la mía, se perdió en el camino. No pude articular los labios para emitir
sonido alguno. Momificado en esa esquina me sentí tan estúpido que quise
desvanecerme.
—¿Cómo estás? —Me pareció la pregunta más cruel
que recuerdo. Tuve ganas de gritarle en la cara que era una mierda, la cobardía
de tenerla cerca no me dejó.
—Bien —Contesté, queriendo parecer no afectado por
su presencia.
Su mirada intentó escudriñar mis sentimientos,
para eso fue de arriba hacia abajo, me
miró el despeinado, los ojos, la camisa, el abrigo, los jeans y las
zapatillas. Seguía paralizado, yo. La cabeza
me mareaba, el corazón me explotaba.
—Se me hace tarde, me encuentro con unas amigas… bye,
nos vemos. —Me saludó con un beso helado sobre mi mejilla caliente. La vi alejarse,
a ella.
No volví a caminar por la calle, esa. Me quedé con
otros recuerdos, otros encuentros, menos fortuitos, más amados.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario